La devoción a San José sigue los progresos de la devoción a la Santísima Virgen. Los fieles hijos de María han comprendido que nada podrían hacer de más agradable a su Divina Madre como honrar con un culto especial a su angélico Esposo. “María –dice el devoto y virtuoso Padre Faber- debe ser el primer objeto de nuestra devoción, San José el segundo”. Puede afirmarse que las prácticas en honor de este glorioso patriarca, modelo y protector de las almas interiores, están basadas en las costumbres y en los usos de una verdadera piedad.
Tanto en las alegrías que la Divina Providencia nos concede, como en las pruebas a que nos somete, conocemos a nuestros verdaderos amigos, a los que interesan realmente en lo que nos concierne. He aquí por qué la Santa Iglesia nos recuerda tan a menudo los misterios gozosos y dolorosos de Jesús, María y José. En efecto, cuando se ama de veras a alguno se toma una parte igual en todo lo que pueda alegrarle o afligirle. Por esta razón los fieles servidores de San José han adoptado con satisfacción la piadosa y devota práctica llamada la devoción de los SIETE DOMINGOS.
Oraciones a realizar en cada domingo Se empieza con el Acto de Contrición luego con la Meditación para cada domingo y el Ejemplo del día correspondiente , continua con el refuerzo de los 7 Dolores y Gozos de San José resumidos para cada domingo y por último las dos Oraciones a San José .
Oración inicial para cada Domingo
Dios y Señor mío, en quien creo y espero y a quien amo sobre todas las cosas; al pensar en lo mucho que habéis hecho por mí y lo ingrato que he sido a vuestros favores, mi corazón se confunde y me obliga a exclamar: Piedad, Señor, para este hijo rebelde, perdonadle sus extravíos, que le pesa de haberos ofendido, y desea antes morir que volver a pecar. Confieso que soy indigno de esta gracia, pero os lo pido por los meritos de vuestro Padre nutricio, San José… Vos, glorioso Abogado mío, recibidme bajo vuestra protección y dadme el favor necesario para emplear bien este rato en obsequio vuestro y utilidad de mi alma. Amén. Jesús, María y José.
Meditación primer domingo
Sobre los dolores y gozos de San José con motivo de la maternidad de María.
1. María y José, fieles a su voto de virginidad vivían como espíritus angélicos en su humilde morada de Nazaret. Sin embargo, Dios había operado en la augusta Virgen la grande obra de su poder y de su amor. El Espíritu Santo había descendido a Ella, y el Hijo del Altísimo se había encarnado en sus virginales entrañas. José ignoraba este misterio. ¡Cuál debió ser su asombre viendo a su esposa inmaculada hacerse madre! Era un fenómeno que él no podía explicarse. El Cielo le preserva, no obstante, de que formule la más leve sospecha sobre la fidelidad de la Reina de los corazones puros. José, como lo afirma San Agustín, había recibido directamente a María a su salida del templo y la había conducido de la casa de Dios a su propia morada.
José, según la expresión de San Pedro Crisóstomo, era el testigo de su inocencia, el guardián de su pudor y el apologista de su virginidad. José, aunque veía que María iba a ser Madre, advertía al mismo tiempo que ella conservaba radiante el destello de la Santa Virginidad, y que el fruto que llevaba en su seno no había alterado en manera alguna su angelical pudor.
Testigo de la pureza de los pensamientos de María, de la santidad de sus afecciones, del recato de sus modales, leía en sus miradas la prueba de su inocencia. Por esto, según opinión de San Juan Crisóstomo, José, no se fijó en las apariencias; prefirió proseguir en María un milagro de la gracia a creer en una debilidad de la naturaleza por parte de una criatura más que angelical. Además era José muy versado en las Santas Escrituras, las que meditaba continuamente: no podía, pues, ignorar que el Mesías debía nacer de una Virgen, y que había llegado el tiempo en que este misterio iba a cumplirse; y como era testigo de la santidad de María, creyó fácilmente que Ella solo podría ser la Madre del Libertador prometido, en atención a ser la más inmaculada de las vírgenes.
¿Quién soy yo, se decía a sí mismo, según el sentir de un gran número de Padres de la Iglesia, quién soy yo para osar tener cerca de mí, como esposa mía, a la Madre de mi Dios? ¡Cuán lejos estoy de ser bastante puro para vivir con la noble criatura! Ay de mí, Uza cayó herido de muerte por haber llevado con demasiada ligereza la mano sobre el Arca material del viejo Testamento, ¿qué me sucederá a mí si una sola vez faltase yo a la veneración debida a esta Arca de la Nueva Alianza, donde está encerrado el verdadero maná del cielo, y que contiene no solamente la ley sino al Divino Legislador mismo?Tales eran los sentimientos que llenaban el corazón del humilde José contemplando a María.
2. En tanto que José es presa de estas ansiedades, el Señor le envía un ángel para tranquilizarle. Las palabras que le dirige demuestran claramente que la humildad, la desconfianza de sí mismo, el temor reverencial, que es como el pudor del alma han motivado la resolución de este Santo Patriarca. En efecto, el Ángel Gabriel no le acusa, no le responde: al contrario, le tranquiliza y anima. No temáis José, le dice: NOLI TIMERE.
Palabras llenas de dulzura que son como una firmeza dada a la virtud medrosa y timorata. Son las mismas palabras que el arcángel había dirigido a María para liberarla de la turbación en que la sumió el anuncia de que iba a ser Madre de Dios, aunque hubiese consagrado su virginidad al Señor: NE TIMEAS, María. Así la misma frase que sirvió para tranquilizar y dar ánimo a María cuyo pudor virginal y tímido había experimentado una turbación grande, sirve también para calmar y confortar la humilde timorata de José.
Pero al decirle que no tema, el ángel se sirve de esta fórmula: José, hijo de David:JOSEPH, FILI DAVID, NOLI TEMERE . Estas palabras están llenas de misterios, dice San Juan Crisóstomo. Gabriel le llama por su nombre para inspirarle confianza, recordándole en su origen la promesa que Dios había hecho a David que el Mesías nacería de su raza, misterio inefable que se cumplía en aquel momento en María, descendiente como él de la tribu de David. San Fulgencio traduce así las palabras del ángel: José: María es vuestra legitima esposa y el Espíritu Santo es el que os ha hecho don de ella, quien ha obrado en su seno el misterio que os llena de temor santo. Pero este espíritu de amor no quiere romper el casto matrimonio que él mismo ha formado. Aun cuando haya hecho infinitamente más precioso el tesoro que os ha dado, no quiere por esto privaros de la dicha de poseerle. Dios, haciendo de María su Madre, no pretende que cese de ser vuestra esposa; al contrario, El la confía a vuestra piedad, a fin de que protejáis su honor y sustentéis a su Divino Hijo.
Las palabras del Ángel llenaron el corazón de José de una alegría inefable. Asegurado por entonces de manera de no poder poner en duda la dignidad incomparable de su santa esposa, su gozo fue tan grande, su contento tan perfecto, tan completo que hubiera podido decir a Dios como el Rey profeta: “Vuestras consolaciones han regocijado mi alma en proporción a la multitud de mis dolores. De este modo, un solo instante bastóle a Dios para apaciguar esta tempestad que agita el espíritu de José y hace renacer en él la más dulce tranquilidad. Esto sucede siempre en casos análogos, cuando el Alma está sometida a la Voluntad de Dios como debe estarlo. Por vuestra bondad, Señor, decía el Santo hombre Tobías, la calma sigue de cerca a la tempestad, y después de la aflicción y las lágrimas derramáis la alegría en los corazones.Resultados de búsqueda Resultados de la Web” ¡Qué poderoso motivo de paciencia y conformidad a la Voluntad del Señor
He aquí un hecho referido por autores muy graves y dignos de fe que prueba cuán agradable es a San José la consideración de sus principales dolores y gozos, que es lo que forman la devoción de los SIETE DOMINGOS, y cuán preciosas gracias procura a los que la practican con piedad. Dos padres franciscanos navegaban por las costas de Flandes, cuando se levantó una horrorosa tempestad que sumergió el buque con trescientos pasajeros que llevaba. La Divina Providencia dispuso que estos religiosos se amparasen en una de las tablas del buque sobre la cual se sostuvieron entre la vida y la muerte durante tres días, teniendo siempre el abismo debajo de ellos, que amenazaba tragarlos.
Siendo muy devotos de San José, llenos de confianza en su poderosa de protección se encomendaron a él como verdadera tabla de salvación y como benigna estrella que debía conducirlos al puerto. Apenas terminaron su plegaria, fueron atendidos: la tempestad cesó, el cielo se puso despejado y sereno la mar se calmó y la esperanza volvió a tener cabida en el fondo de sus corazones. Pero lo que colmó su alegría fue presentárseles un joven lleno de gracia y majestad quien, después de haberlos saludado bondadosamente se ofreció a servirles de piloto, lo que hizo con tanta facilidad, que al cabo de poco saltaban ya en tierra.
Allí los dos religiosos se arrojaron a los pies de su libertador y después de haberle declarado con afectuosas palabras su eterno agradecimiento, le rogaron encarecidamente que se dignasen decirles quien era: “Yo soy José, les respondió: si queréis hacer algo que me sea agradable, no dejéis pasar día sin rezar devotamente siete veces la oración dominical y la salutación angélica en memoria de los siete Dolores con que mi alma fue afligida, y en consideración a los siete Gozos con que mi corazón fue consolado en grado eminente durante el tiempo que pase sobre la tierra, viviendo con Jesús y María”.
Dichas estas palabras desapareció, dejándolos llenos de alegría y penetrados de un sincero deseo de honrar y servir durante toda la vida su glorioso protector.
En este suceso tan conmovedor encontramos poderosísimos motivos para admirar la fidelidad de San José en socorrer profundamente a los que le invocan, y para ensalzar su inefable bondad, que pide tan poco por tan grande beneficio por un bien tan grande como es la conservación de la vida.
Fieles servidores de San José que queréis ser agradable a vuestro protector y servirle según sus deseos, práctica establecida en su honor, después de que él mismo ha declarado de una manera formal cuán grata le es.
Figuraos que os dice como a aquellos pobres religiosos: Yo soy José, en quien debéis poner toda vuestra confianza; tengo el poder y la voluntad de asistiros en todas vuestras necesidades; Jesucristo mi hijo y la bienaventurada Virgen María, mi esposa nada me rehusarán de lo que les pediré por vosotros, honrad con amor la memoria de mis dolores y de mis gozos, y experimentaréis inefablemente los saludables efectos de mi ayuda en medio del borrascoso mar del mundo en que vivís y en el que sois continuamente asaltados por mil tentaciones y por toda suerte de prueba”. Piadosos devotos de San José, aceptad esta promesa y estad seguros que el mejor medio de alcanzar los favores de este gran Santo, es como él mismo lo ha declarado terminantemente, tomar parte en sus dolores y en sus gozos rezando con esta intención las oraciones aprobadas y enriquecidas por indulgencias por los Sumos Pontífices: Los sentimientos llenarán vuestro corazón meditando estos tiernos misterios serán uno de los más poderosos testimonios de amor que podéis tributar a San José, y le inclinarán inefablemente a protegeros durante vuestra vida, y sobre todo en la hora de la muerte.
(Récense los dolores y gozos con los padrenuestros)
Meditación segundo domingo
Sobre los dolores y gozos de San José en el nacimiento del Hijo de Dios en un establo.
1. El momento en que la Augusta Virgen María va a dar al mundo el Mesías prometido, desde tantos siglos, ha llegado. Es en vano que José pida para su angelical esposa un asilo a los habitantes de Belén; sólo recibe negativas y desdenes.
Así es como se cumple a la letra el pasaje del Evangelio:“El Hijo de Dios ha venido en medio de los suyos, y éstos se han negado a recibirle”. José se ve precisado a guarecerse en un establo abandonado; allí es donde quiere nacer el Hijo del Eterno para morar entre los hombres ¡Qué dolor tan inmenso para el corazón de José viendo al Divino Niño asimilado a los animales, echado como ellos sobre un poco de paja húmeda y fría, en la estación más rigurosa del año! ¡Cómo resonaría hasta en lo más íntimo de sus entrañas de padre, el primer lamento del Salvador ocasionado por sus sufrimientos! ¡Cuán dulces y amargas fueron las lágrimas que mezcló a las que el Niño Dios derramaba ya por nuestras faltas!
2. José prosternado con la frente en el polvo, adora al recién nacido como a su Dios; le reconoce a pesar de su anonadamiento y su debilidad por el Creador del Cielo y de la tierra, por el Salvador y Redentor del mundo, le ofrece su corazón, sus fuerzas, su vida entera, y le da mil gracias por haberle escogido entre todos para servirle de padre.
Y para colmo de su alegría, María le presenta a su Divino Niño que Dios confía a su ternura; José le recibe de rodillas, le estrecha con tanto respeto como amor sobre su corazón, le baña de lágrimas, le cubre de besos, le ofrece al Padre Eterno como rescate de su pueblo esperanza y alegría de Israel, y le deposita de nuevo en los brazos de su querida Madre como el único altar bastante puro para recibirle.¡Oh! Cómo olvida las fatigas y las angustias de la víspera cuando oye a los ángeles celebrar con cánticos armoniosos el nacimiento de Aquél que él podría llamar su Hijo más rico que todos sus antepasados, en medio de sus privaciones posee el más precioso tesoro del cielo; ante su gloria se eclipsa toda la de su regia estirpe. El podía contemplar con sus ojos, estrechar contra su corazón al Emmanuel que David saludaba de lejos en sus proféticos aciertos como su Señor y su Dios; iba a pasar su vida con Aquel que sus antepasados habían deseado con tanto ardor ver la aparición. ¿Qué gloria no queda eclipsada en presencia de esta gloria? ¿Qué dicha no desaparecerá ante esta felicidad?
Así es como Dios forma en el corazón tan puro de José una inefable mezcla de alegría y de pena, de gozo y de dolor; pero el dolor no turba su gozo y la alegría nada quita a la amargura de su pena, porque la una y la otra proceden de un mismo principio y el amor que le hace gozar, le hace también padecer.
La priora de un convento de religiosas escribe el siguiente caso: Una de nuestras hermanas religiosas, de edad de 28 años, que había gozado siempre de cabal salud, fue atacada hace ocho meses de un mal a la garganta que le hizo perder enteramente la voz, extendiéndose muy largo hasta el estómago. Una opresión continua y pesada, dolores violentos en el pecho y en las espaldas, una suma debilidad, todo eso demostró ser una enfermedad de pecho el mal de nuestra hermana, el cual declararon los médicos no tenía remedio. No desconfiamos por eso; acudimos a San José, y poniendo en el él toda nuestra confianza le consagramos repetidas novenas, sin que se advirtiera ninguna mejoría en la pobre enferma.
Como estaba tan débil que no podía andar llevamos en procesión a la enfermería la venerable imagen de San José, acompañándola con cirios encendidos; y allí empezamos la devoción de los SIETE DOMINGOS , tan agradables al poderoso San José, para que nos obtuviese la curación que tanto deseábamos, durante la sétima semana la enferma padecía mucho, estaba triste, y nosotras también porque fundadamente temíamos que bien pronto nos dejaría.No obstante, el domingo siguiente mostró deseos de ir al coro para asistir a la bendición del Santísimo, lo que efectuó con mucha pena sostenida por nosotras, y llegando allí sin poder respirar. En el acto de la bendición quiso seguir a las otras religiosas en el canto de un himno lo que hizo con voz apagada. Este era el momento escogido por el Esposo de María para demostrarnos su poderosa intercesión.
Encontré a la enferma que salía del coro y toda conmovida me dijo: “Puedo hablar con voz clara”, y volviendo al coro con nosotras se puso a rezar con fuerte acento unas letanías a San José. Todas estábamos a su alrededor, pasmadas, escuchando aquella voz que ocho meses hacía no habíamos oído, y dirigíamos mil preguntas a nuestra querida hermana, admirando en ella los dichosos efectos de la protección de nuestro amado Padre.
Libre de toda opresión, no hallaba palabras para expresarnos lo que sentía y desde entonces, vuelta a su estado normal, practica todos los actos de comunidad.
(Récense los dolores y gozos con los padrenuestros)
Meditación tercer domingo
Sobre los dolores y gozos de San José en la circuncisión del Niño Jesús.
1. El Mesías que venía a dar cumplimiento a toda ley, quiso por humildad someterse a la ceremonia tan dolorosa de la circuncisión. José, según la opinión de muchos fue su ministro. ¡Cuánto debió costar a él mismo esa ceremonia! Es cierto que todos los Israelitas veían a sus hijos sometidos a la misma ley, más por grande que fuese el amor que le profesaban no podía compararse al que José sentía por Jesús, a quien amaba como a su hijo y como a su Dios. Por otra parte, este santo Patriarca sabía perfectamente que bajo las debilidades de la infancia, el Salvador gozaba de la plenitud de la razón; que se somete voluntariamente a todo lo que de Él se exigía; que sentía a la vez el deseo y el temor del sufrimiento y que esta operación sangrienta no es para El sino el preludio y como ensayo de los suplicios que le estaban reservados en el Calvario. Los gritos del Divino Niño y las angustias de su pobre Madre desgarraban el corazón de José; sin embargo, lleno de un valor sobrenatural y de una fe más admirable que la de Abraham, el augusto Esposo de María, penetrando los designios de su Divino Hijo, ofrece al Padre Eterno la preciosa Sangre que acaba de ser derramada por nuestra salud y de la cual una sola gota hubiera bastado para rescatar mil mundos.
2. José, al terminar su sublime misterio, dio al Hijo de Dios el nombre adorable de Jesús, según la orden que había recibido del Cielo mismo. ¿Quién podrá expresar con que confianza y con qué amor pronunció José de primero este nombre de salud dado a nuestro Divino Libertador? Este nombre de Jesús, que debía ser nuestro consuelo en la peregrinación de esta vida, y nuestra esperanza al llegar a la hora de la muerte. Este nombre adorable que José se complacía en invocar con frecuencia era más dulce a su boca que exquisita miel, más suave a su oído que arrolladora melodía. El nombre de Jesús debe ser el principio y fin de todas nuestras acciones; frecuente por la invocación, frecuente y piadoso este nombre adorable; el fin, porque no debemos poner la mirada en otro bien, en otro objeto que su gloria. Fieles servidores del mejor de los amos; a ejemplo de San José, complaceos en repetir este nombre, que es superior a todo nombre, y recibiréis alivio en vuestras penas, consuelo en vuestras aflicciones. Como José invocad al nombre de Jesús con fe en su poder, con confianza en su amor; porque el Salvador mismo nos ha dicho: “Todo lo que pidiereis a mi Padre en mi nombre os será concedido” (Juan, 14). Decidle como aquel hombre privado de la vista: “Jesús, Hijo de David, tened piedad de mí”, o como los diez leprosos: “Jesús, nuestro dueño, tened piedad de nosotros”, y experimentaréis bien pronto su favor y ayuda. Acordaos que era en nombre de Jesús que los Apóstoles obraban milagros. “En nombre de Jesús levántate y 37 anda” dijo San Pedro al paralítico. En las tentaciones que el demonio os suscite, invocad el santo nombre de Jesús, nombre poderoso en el infierno, puesto que espanta a todos los demonios. Este nombre sagrado hace temblar a los ángeles rebeldes porque les recuerda Aquel cuyo poder destruyó el imperio que tenían sobre los hombres. ¡Oh nombre sagrado de Jesús! Verdaderamente eres un aceite derramado para curar nuestras llagas y comunicar la salud a nuestras almas, porque ¿quién puede pensar en este momento divino sin representarse al mismo tiempo el modelo perfecto y el conjunto de todas las virtudes en el más eminente grado en la persona de Jesús? Poned, pues vuestro santo nombre en nuestras almas en nuestros espíritus, en nuestros corazones y en nuestros labios. Señor Jesús, y concédenos por este nombre la gracia de vivirte, la fuerza de imitaros y aprender de Vos a no crear nuevos mundos, sino a obedecer, a sufrir y a humillarnos.
En una ciudad del interior, una señora muy piadosa sufría con angustia la conducta disipada de su hijo único, que había abandonado la fe y frecuentaba malas compañías. En su dolor, comenzó con fervor los Siete Domingos de San José, ofreciendo cada uno por la conversión del muchacho.
Llegado el tercer domingo, al salir de Misa y con lágrimas en los ojos, la madre suplicó a San José que tocara el corazón de su hijo, aunque fuera por un solo acto de gracia.
Esa misma noche, el joven regresó a casa conmovido, confesando haber tenido un sueño con su padre fallecido que le hablaba del perdón de Dios. Al día siguiente pidió confesión, y desde entonces, su vida cambió por completo. La madre atribuyó su conversión a la poderosa intercesión de San José.
(Récense los dolores y gozos con los padrenuestros)
Meditación cuarto domingo
Sobre los dolores y gozos de San José en la profecía de Simeón.
1. Lleno de gozo, San José contempla en sus brazos al Mesías durante la presentación en el templo. ¡Qué dicha al ver cómo el anciano Simeón lo toma en sus brazos y lo proclama como luz de las naciones y gloria de Israel!
2. Pero en medio de esa escena de gloria, una espada traspasa el alma de José: Simeón profetiza que ese Niño será signo de contradicción, y que una espada de dolor atravesará también el alma de su madre. ¡Qué sufrimiento tan grande saber que su Hijo sería rechazado, incomprendido y perseguido!
Oh glorioso San José, tú que aceptaste con humildad esta revelación dolorosa del futuro de Jesús y de María, ayúdanos a aceptar con confianza los misterios dolorosos que Dios permite en nuestras vidas.
Una joven madre perdió a su esposo repentinamente, quedando sola con tres hijos pequeños. En medio del dolor, se encomendó a San José y comenzó la práctica de los Siete Domingos pidiendo fuerza y consuelo. En el cuarto domingo, al meditar sobre la profecía de Simeón, comprendió que el sufrimiento también forma parte del plan de Dios.
Desde entonces, renovó su fe, asumió con serenidad su maternidad y encontró apoyo inesperado en una comunidad parroquial que la acogió como familia. Hoy da testimonio de cómo San José le enseñó a confiar en la voluntad divina, aun en la prueba.
(Récense los dolores y gozos con los padrenuestros)
Meditación quinto domingo
Sobre los dolores y gozos de San José en la huida a Egipto.
1. Apenas ha pasado el gozo de la adoración de los magos, cuando el ángel del Señor se aparece a José en sueños para ordenar que huya a Egipto, pues Herodes busca al Niño para matarlo. Sin demora ni quejarse, obedece. ¡Qué dolor abandonar su tierra y emprender viaje a lo desconocido, con María y el Niño, en la oscuridad de la noche!
2. Pero ¡qué consuelo también siente José al poder salvar al Salvador del mundo! A pesar de la fatiga del viaje, de la pobreza, del destierro, José se siente inmensamente dichoso de ser custodio del Verbo encarnado. En cada paso, en cada día de exilio, se siente acompañado por Dios mismo.
¡Oh glorioso San José! Tú que no dudaste en sacrificar tu comodidad por proteger a Jesús y María, intercede por nosotros para que también sepamos renunciar a lo nuestro cuando la voluntad de Dios lo requiera.
Un matrimonio joven, recién mudado a otro país en busca de mejores oportunidades, enfrentaba gran incertidumbre y pobreza. Sin amigos ni trabajo estable, comenzaron a rezar los Siete Domingos pidiendo a San José guía y sustento.
En el quinto domingo, recibieron inesperadamente una oferta de empleo para ambos, en el mismo lugar. Conmovidos, reconocieron en ese hecho una respuesta directa de su intercesor, protector de los hogares. Desde entonces, invocan a San José cada vez que deben tomar decisiones importantes como familia.
(Récense los dolores y gozos con los padrenuestros)
Meditación sexto domingo
Sobre los dolores y gozos de San José en el regreso de Egipto.
1. Tras años de exilio en Egipto, un ángel se aparece a San José y le dice: “Levántate, toma al Niño y a su Madre, y vuelve a la tierra de Israel, porque han muerto los que atentaban contra la vida del Niño”. José obedece con gozo, pero también con temor, al enterarse de que Arquelao reina en Judea.
2. Dios lo guía entonces hacia Galilea, a un pequeño y humilde pueblo: Nazaret. Allí, San José reanuda su vida laboriosa, junto a Jesús y María. Su corazón se alegra profundamente de poder ofrecer al Mesías una vida de paz, trabajo y oración.
¡Oh glorioso San José! Tú que seguiste siempre con docilidad la voz de Dios, aun en la incertidumbre, enséñanos a confiar también nosotros en la Providencia divina cuando no sabemos el rumbo.
Un joven, alejado de la fe y de su familia durante años, vivía en confusión y tristeza. Su madre, devota de San José, ofreció los Siete Domingos por su regreso. Durante el sexto domingo, lo llamó por teléfono y él le pidió ir a visitarla.
En esa visita, tras años sin entrar a una iglesia, decidió acompañarla a Misa. Se conmovió profundamente durante la liturgia y pidió confesión esa misma semana. Hoy colabora en catequesis, y su madre proclama con alegría que fue San José quien le devolvió a su hijo.
(Récense los dolores y gozos con los padrenuestros)
Meditación séptimo domingo
Sobre los dolores y gozos de San José en la pérdida y hallazgo del Niño Jesús en el templo.
1. Jesús, a los doce años, permanece en Jerusalén sin que José ni María lo sepan. Lo buscan tres días con angustia, recorren caminos y preguntan a todos, llenos de dolor. ¡Qué herida tan profunda en el corazón de San José al sentirse privado de la presencia de su Señor!
2. Pero ¡qué alegría tan indescriptible cuando lo hallan en el templo, enseñando entre los doctores! Jesús regresa con ellos y les está sujeto. San José lo lleva nuevamente a casa, lleno de paz y gratitud. ¡Cuán grande es el gozo de tener de nuevo bajo su cuidado al Salvador del mundo!
Oh glorioso San José, que pasaste de la aflicción más amarga a la alegría más dulce, alcánzanos la gracia de buscar siempre a Jesús y no descansar hasta encontrarlo.
Un sacerdote relató que fue llamado al hospital para asistir a un anciano moribundo. El hombre no hablaba, pero sostenía fuertemente un librito con la devoción de los Siete Domingos de San José.
El sacerdote se inclinó a su oído y dijo: “San José te acompaña, no temas. Jesús y María están contigo”. En ese instante, el moribundo sonrió, abrió los ojos y susurró: “He esperado este momento...”. Recibió la unción y murió en paz, con una expresión de dulzura.
Los enfermeros dijeron que, todas las noches, el anciano rezaba los gozos de San José. Así murió quien había buscado fielmente a Jesús durante toda su vida.
(Récense los dolores y gozos con los padrenuestros)
La maternidad de María
¡Oh castísimo Esposo de María! me compadezco de las terribles angustias que padeciste cuando creíste deber separarte de tu esposa inmaculada, y te felicito por la alegría inefable que te causó saber de boca de un ángel el misterio de la encarnación. Por este dolor y gozo te pido consueles nuestras almas en vida y muerte, obteniéndonos la gracia de vivir como cristianos y morir santamente en los brazos de Jesús y de María.
Padre Nuestro y Avemaría y Gloria.
El nacimiento de Jesús en el establo
¡Oh felicísimo Patriarca, que fuiste elevado a la dignidad de padre putativo del Verbo encarnado! Te compadezco por el dolor que sentiste viendo nacer al Niño Jesús en tanta pobreza y desamparo; y te felicito por el gozo que tuvisteis al oír la suave melodía con que los ángeles celebraron el nacimiento, cantando “Gloria a Dios en las alturas”. Por este dolor y gozo te pido nos concedas oír, al salir de este mundo, los cánticos celestiales de los ángeles en la gloria.
Padre Nuestro y Avemaría y Gloria.
La circuncisión del niño Jesús
¡Oh, modelo perfecto de conformidad con la voluntad divina! Te compadezco por el dolor que sentiste al ver que el Niño Dios derramaba su sangren en la circuncisión; y me gozo del consuelo que experimentaste al oírle llamar Jesús. Por este dolor y gozo te pido nos alcances que podamos vencer nuestras pasiones en esta vida y morir invocando el dulcísimo nombre de Jesús.
Padre Nuestro y Avemaría y Gloria.
La presentación del niño Jesús en el templo
¡Oh fidelísimo Santo, a quien fueron confiados los misterios de nuestra redención! Te compadezco por el dolor que te causó la profecía con que Simeón anunció lo que habían de padecer Jesús y María; y me gozo del consuelo que te dio el mismo Simeón profetizando la multitud de almas que se habían de salvar por la Pasión del Salvador. Te suplico por este dolor y gozo nos alcances ser del número de los que se han de salvar por los méritos de Cristo y por la intercesión de su Madre.
Padre Nuestro y Avemaría y Gloria.
La huida a Egipto
¡Oh custodio vigilante del Hijo de Dios humanado! Me compadezco de lo mucho que padeciste en la huída a Egipto, de las grandes fatigas de aquella larga peregrinación y de lo que te costó el poder atender a la subsistencia de la Sagrada Familia en el destierro; pero me gozo de tu alegría al ver caer los ídolos por el suelo cuando el Salvador entraba en Egipto. Por este dolor y gozo te pido nos alcances que huyendo de las ocasiones de pecar, veamos caer los dolos de los afectos terrenos y no vivamos sino para Jesús y María, hasta ofrecerle nuestro último suspiro.
Padre Nuestro y Avemaría y Gloria.
El retorno a Nazaret
¡Oh glorioso San José, ángel de la tierra que viste con admiración al Rey del Cielo sujeto a tus disposiciones! Si tu consuelo, al volverte de Egipto, fue alterado con el temor al Rey Arqué lao, tranquilizado después por el Ángel viviste alegre con Jesús y María en Nazaret. Por este dolor, y gozo alcánzanos a tus devotos que, libre nuestro corazón de temores nocivos, gocemos de tranquilidad de conciencia, vivamos seguros con Jesús y María y muramos teniéndolos a nuestro lado.
Padre Nuestro y Avemaría y Gloria.
La pérdida y hallazgo de Jesús en el tempo
¡Oh modelo de santidad, glorioso San José! Te compadezco por el dolor que sentiste al perder al Niño Dios sin poderle hallar en tres días, y te doy el parabién por la alegría con que lo encontraste en el templo. Por este dolor y gozo te pido nos alcances la gracia de no perder jamás a Jesús por el pecado; y si por desgracia lo llegamos a perder, sírvanos tu intercesión por las lágrimas de la penitencia, y vivir unidos con El hasta el último aliento de nuestra vida.
Padre Nuestro y Avemaría y Gloria.
1. Terrible dolor y espanto tenéis viendo embarazada a tu Esposa Inmaculada, siendo vos tan Justo y Santo.
Más en tan grande aflicción, aquel mismo, que os desvela, por un Ángel os revela la admirable Encarnación.
O fidelísimo Esposo, la esperanza en Vos ponemos, y humildes os ofrecemos este Dolor y Gozo.
2. O que profunda tristeza tuvisteis en el Portal, mirando a Dios inmortal nacido en tanta pobreza!
Pero en tan gran desconsuelo el Padre Eterno este día, con Angélica armonía paz y gloria os dio en el suelo.
O fidelísimo Esposo, la esperanza en Vos ponemos, y humildes os ofrecemos este Dolor y Gozo.
3. En la cruel Circuncisión, al ver Sangre derramada, fue Vuestra Alma atravesada, contemplando en la pasión.
Pero este dolor profundo, con el nombre de Jesús, se volvió gozosa luz, viendo al Salvador del mundo.
O fidelísimo Esposo, la esperanza en Vos ponemos, y humildes os ofrecemos este Dolor y Gozo.
4. La Sagrada Profecía del Santo Simeón Profeta, fue penetrante saeta, que el corazón os partia.
Mas viendo a Dios tan humano, recibisteis alegría, porque ya el mundo tenía el remedio en vuestra mano.
O fidelísimo Esposo, la esperanza en Vos ponemos, y humildes os ofrecemos este Dolor y Gozo.
5. O que grande sentimiento Tuvisteis huyendo a Egipto Por librar a Dios Bendito De Herodes cruel y sangriento!
Mas oh que grande consuelo Tuvisteis viendo arruinados Los ídolos derribados Al entrar el Rey del Cielo!
O fidelísimo Esposo, la esperanza en Vos ponemos, y humildes os ofrecemos este Dolor y Gozo.
6. O que tremenda agonía Cuando de Egipto volvéis, porque de nuevo teméis De Arquelao la tiranía
Más oh con cuanta alegría El Ángel os saludó Y a Nazareth os mandó ir con Jesús y María
O fidelísimo Esposo, la esperanza en Vos ponemos, y humildes os ofrecemos este Dolor y Gozo.
7. O que dolor tan de Padre Aquel del niño perdido, Que casi os quito el sentido Viendo afligida a la Madre
Ya todos estos dolores Se vuelven en alegría, Pues juntos Vos y María Le hallasteis entre doctores.
O fidelísimo Esposo, la esperanza en Vos ponemos, y humildes os ofrecemos este Dolor y Gozo.
Tenía Jesús al empezar su vida pública cerca de treinta años y aún se le creía hijo de José.
V. ¡Oh San José! Ruega por nosotros.
R. Para que seamos dignos de las promesas de Cristo.
Oración Final
Oh Dios, que con providencia inefable te dignaste elegir al bienaventurado San José por esposo de tu Madre te rogamos nos concedas que merezcamos tener en los cielos por intercesor a quien en la tierra veneramos por protector, Señor, que vives y reinas por los siglos de los siglos, Amén.
Patrono de la Iglesia Universal (Para cada domingo) Castísimo José, esposo de María: me gozo de veros elevado a tan sublime dignidad y adornado de tan heroicas virtudes. Por los dulcísimos ósculos y estrechísimos abrazos que diste al Divino Jesús, os suplico me admitáis en el número de vuestros siervos.
Proteged a las vírgenes y alcanzadnos a todos la gracia de conservar la pureza de cuerpo y de alma.
Amparad a los pobres y a los afligidos por la pobreza y amargas angustias que padecisteis en compañía de Jesús y María en Belén, Egipto y Nazaret; y haced que sufriendo con paciencia nuestros trabajos, merezcamos el eterno descanso.
Sed protector de los pobres y esposos para que vivan en paz y eduquen en el Santo temor de Dios a sus hijos.
Dad a los sacerdotes las virtudes que corresponden a su estado para tratar dignamente el Cuerpo de Jesús Sacramentado. A los que viven en comunidad inspiradles amor a la observancia religiosa.
A los moribundos asistidlos en aquel trance supremo, pues tuviste la dicha de morir en los brazos de Jesús y de María.
Tended vuestra mano protectora a toda la Iglesia, pues habéis sido declarado por el Vicario de Cristo Patrono de la Iglesia Universal.
Y pues libraste al Hijo de Dios del furor de Herodes libra a la Iglesia, Esposa tuya, del furor de los impíos y alcanzad que se abrevien los días malos y vengan la serenidad y la paz. Así sea.
Compuesta y escrita por Su Santidad León XIII (Para cada domingo) A Ti recurrimos en nuestra tribulación, Bienaventurado José, y después de implorar el socorro de tu Santísima Esposa, pedimos también confiadamente tu patrocinio.
Por el afecto que te unió con la Inmaculada Virgen Madre de Dios y por el amor paternal con que trataste al Niño Jesús, te rogamos nos auxilies para llegar a la posesión de la herencia que Jesucristo nos conquistó con su sangre, nos asistas con tu poder y nos socorras en nuestras necesidades.
Proteged, oh prudentísimo Guardián de la Sagrada Familia, a la raza elegida de Jesucristo; presérvanos, oh Padre amantísimo, de toda mancha de error y corrupción; muéstratenos propicio y asístenos de lo alto del Cielo, oh poderosísimo Libertador nuestro, en la batalla que estamos librando contra el poder de las tinieblas; y así como libraste al Niño Jesús del peligro de la muerte, defiende ahora a la Santa Iglesia de Dios contra la acechanza del enemigo y contra toda adversidad.
Concédenos tu perpetua protección a fin de que animados por tu ejemplo y tu asistencia podamos vivir santamente, piadosamente morir y alcanzar la eterna beatitud del Cielo. Amén.
Su Santidad León XIII ha concedido una indulgencia de siete años y siete cuarentenas por cada vez que se rece devotamente esta devoción. (Decretos de 15 Agosto de 1889 y 21 Septiembre del mismo año)